jueves, 25 de febrero de 2010

CIENCIA DE LA NUTRICIÓN DE LA SALUD Y DE LA JUVENTUD

INSTRUCCIÓN VIII

CIENCIA DE LA NUTRICIÓN DE LA SALUD Y DE LA JUVENTUD

En las instrucciones anteriores hemos tratado constantemente de acentuar el valor del
cuerpo denso; es nuestra posesión material más inestimable, y por extraño que parezca,
es la que más descuidamos. Con objeto de proteger posesiones sin valor arriesgamos
muchas veces la vida, tirando el trigo para salvar la cizaña. Pero no es ese el pero de los
crímenes que hacemos, porque las mayores molestias dimanan de la negligencia y
descuido que ponemos en nuestra práctica diaria en todo momento, desde que nacemos
hasta que morimos. Cuando se trata de nuestro ganado tenemos sumo cuidado en
cuanto al cruce de sangre, buscamos y elegimos a animales que se encuentren en
perfecta salud para aparearlos, pues es de sentido común que aquellos son los que
producirán mejores crías; investigamos cuidadosamente le genealogía de un perro o de
un caballo antes de quedarnos con él, pero nuestros mismos hijos no nos merecen el
más mínimo pensamiento. Nos casamos por conveniencias sociales, financieras, etc., y
no para asegurarnos un cónyuge mental, moral y físicamente preparado para ser genitor
de una generación más avanzada, y lo que es peor que todo, generalmente se considera
al matrimonio como una licencia para dar ilimitada satisfacción a la pasión sexual, que en
muchísimos casos se sigue efectuando ininterrumpidamente durante todo el período de la
gestación. ¿Por qué maravillarse entonces de que la pasión domine al niño desde la
infancia? El matrimonio y la propagación son deberes sociales que tiene cada persona de
buena salud y que cuente con medios suficientes; pero el exceso es un crimen, un cáncer
que roe la vida de la sociedad como el buitre a Prometeo, y nunca podrá condenarse
demasiado enérgicamente.
De este modo nos han traído nuestros padres al mundo con ese estigma que limita
nuestra vida, y nosotros estamos echando el mismo estigma sobre nuestros hijos en la
misma forma, debido a que no nos refrenamos y restringimos, a pesar de que ellos nos
produce dolor y enfermedades. Si nos tomáramos siquiera la mitad del cuidado en elegir
los padres y madres de nuestros hijos que el que empleamos cuando se trata de los
animales, se produciría enseguida un gran mejoramiento en la raza, particularmente si no
se molestara a la madre durante el período de gestación.
Pero parece que no es bastante que echemos al mundo a nuestros hijos en esa forma;
desde la primer infancia les inculcarnos ignorantemente hábitos deletéreos para la salud y
bienestar, especialmente dándoles malos alimentos; enseñándoles a vivir para comer, en
vez de enseñarles a comer para vivir; enseñándoles a mirar más las cosas que placen al
ojo que a las que son de utilidad, inculcándoles gusto por los manjares muy sazonados,
que sólo sirven para despertar la naturaleza pasional en grado superlativo. Supongamos
un constructor que tratara de edificar una casa empleando vigas viejas, ladrillos usados y
desechos de toda suerte, para vivir en ella. ¿Nos sorprenderíamos después al ver que la
casa se venía abajo y lo aplastaba? Al contrario, nos sorprenderíamos más bien de que
no sucediera así, y cuando ocurriera la catástrofe diríamos que él mismo se había
buscado la muerte. Así sucede con nosotros cuando empleamos análogos métodos y
reconstruimos nuestros cuerpos empleando cualquier clase de materiales, sin considerar
si son adecuados o no; no nos podernos quejar más que de nosotros mismos al ver sus
malos resultados. La enfermedad, la decrepitud y la decadencia son efectos de causas
que en su mayor parte pudieron haberse evitado dedicándoles una ínfima parte de la
meditación que prestamos a las mil y una cositas de menor importancia. Trataremos de
bosquejar las causas subyacentes que producen esos desastrosos efectos.
No hay ninguna "fe de una vez para siempre" en ningún dominio del conocimiento; la
verdad es múltiple y constantemente se van revelando fases nuevas a los ojos del
investigador, si bien hay determinadas leyes básicas y hechos que son siempre ciertas.
Vamos pues a tratar de esos hechos, porque se aplican a todos sin excepción, y se verá
que son conducentes a salud en todos, aunque la salud sea un asunto estrictamente
individual, independiente del aspecto, siendo la única condición que el Ego se sienta
"cómodo", en el cuerpo. Si el Ego se siente enfermo, el cuerpo lo está, sin que importe
nada el aspecto estar "con salud".
Cuando la vida antenatal de un ser humano comienza como embrión es un pequeño
glóbulo compuesto de albúmina, clara de huevo. Entonces se produce un cambio,
aparecen varias partículas de substancia más sólida dentro de él, que crecen a lo largo, y
finalmente se tocan. En los puntos de contacto se forman "junturas" y gradualmente
aparece el esqueleto. Al mismo tiempo la materia pulposa se organiza más y más, y ahí
tenemos el "feto", un niño en la matriz.
El crecimiento continúa, y el nacimiento, revela al niño con un cuerpecito suave, si bien
mucho más denso y sólido que el embrión. La infancia, la niñez y la adolescencia, van
aumentando la consolidación y el máximo de solidez se alcanza en la vejez, que termina
por la muerte.
En cada una de esas épocas de la vida humana el cuerpo va endureciendosé más que lo
que estaba anteriormente, la carne y los huesos, los tendones y los ligamentos, todas las
partes, se ponen duras e inflexibles. Los fluidos tornase viscosos. Las junturas ya no
están lubricadas por el fluido sinovial, por haberse éste espesado demasiado como para
filtrarse, y entonces esas junturas crepitan; la sangre que en la infancia y en la juventud
fluía libremente por las arterias, venas y vasos capilares pequeñísimos, que en los
primeros años eran todos muy elásticos como tubos de caucho, fluye ahora lentamente y
se estanca en las contraídas, esclerosadas e inflexibles arterias de la vejez. En
consecuencia, el cuerpo se encorva, la carne se arruga y seca por falta de nutrición, el
cabello se cae y por último el fatigado corazón no puede ya impulsar a la sangre y el
cuerpo muere. Todo el curso, desde la matriz hasta la tumba es un initerrumpido proceso
de consolidación. y la infancia, niñez, juventud, virilidad y vejez no son más que diversos
grados de ese proceso. La única diferencia entre el cuerpo del adolescente y el del viejo
es que el del primero es blando y elástico y el otro duro y rígido, y la pregunta vital es:
¿qué es lo que causa esa osificación?, ¿puede ser controlada o por lo menos
amortiguada como para prolongar los días de la juventud?
A la última pregunta puede, contestarse sin vacilar que es posible, sabiendo disminuir el
proceso consolidificativo y vivir nuestro tiempo designado aprovechándolo mejor que si
viviéramos sin pensar, como lo hace la mayoría. Respecto a la causa de la osificación
que endurece los tejidos de nuestros cuerpos el análisis químico ha probado que
cualquier tendón, carne, sangre, orina, sudor o saliva contiene en realidad una cantidad
inmensa de substancias calcáreas que no se encuentran en el niño, así que, por ejemplo,
mientras que los huesos del niño están compuestos por tres partes de gelatina y una
parte de fosfato de cal o materia ósea, en la vejez la proporción está invertida
exactamente, así que sólo hay una parte de gelatina y tres de substancia ósea, razón por
la cual los huesos de un viejo no se sueldan si llegan a romperse. Los huesos del niño se
sueldan fácilmente porque hay abundancia de materia cimentadora en sus huesos y muy
poco fosfato de cal o materia ósea, sulfato de cal y carbonato de la misma, llamada
generalmente cal común, factores principalísimos que intervienen en la rigidez de la
vejez.
Y surge la pregunta: ¿de qué fuente sacamos esa materia calcárea, terrosa?
Indudablemente todos los sólidos del cuerpo los produce la sangre, que nutre todo el
sistema, y todo lo que el cuerpo contiene debe haber estado primeramente en la sangre.
La sangre se restaura con el quilo, el quilo del quimo y en último término, mediante el
alimento y le bebida. Éstos que son los que nutren el cuerpo deben ser, pues, al mismo
tiempo la fuente de las substancias calcáreas que endurecen nuestros cuerpos
produciendo la vejez y la decrepitud.
El análisis químico afirma también lo mismo, porque ha demostrado que la sangre arterial
que viene fresca del corazón pura y roja, está más llena de substancias calcáreas que la
sangre venosa que contiene las impurezas del sistema. Esto prueba que la corriente
vivificante que fluye por todas las partes del cuerpo renovando y reconstruyendo, es al
mismo tiempo quien lleva la muerte, porque en cada ciclo deja depositar nueva cantidad
de substancia ósea, calcárea, que endurecerá los tejidos.
Esto es como un Waterloo, en la que todas las teorías de "vida inmortal" encuentran su
tumba, pues es necesario comer para vivir, y cada alimento es a la vez el dador de vida y
muerte.
Pero si bien no podemos dejar de ingerir esas substancia en nuestro sistema, podemos,
al menos, regular nuestro alimento de tal manera que tomemos de aquellas la menor
cantidad posible, pues hay una gran diferencia en la cantidad que cada alimento contiene;
el cacao en polvo es por ejemplo uno de los alimentos más nutritivos, pero contiene tres o
cuatro veces más cenizas, que el peor de todos los alimentos. El chocolate por otro lado
es aún más nutritivo que el cacao y no contiene substancias calcáreas absolutamente.
Todos sabemos que mientras podamos suministrar combustible y mantengamos el fuego
libre de cenizas seguirá ardiendo y calentando. Y así sucede con el horno de nuestro
cuerpo, un verdadero horno químico, el que mientras le demos el alimento conveniente y
se eliminen las cenizas por medio de los riñones, del cutis y del recto, se mantendrá
vigoroso y sano. Tomando alimentos tales que contengan la menor suma de substancias
terrosas alejaremos el día de la vejez y conservaremos más tiempo la elasticidad de la
juventud. De nosotros es de quien depende. Las tablas de valores alimenticios hechas
por el gobierno de Estados Unidos, dan los elementos químicos constituyentes de los
diversos alimentos.
Hablando en conjunto, y desde el punto de vista químico, hay dos clases de alimento: 1º
los carbonos, incluyendo los azúcares y las grasas; y 2º los proteicos y nitrogenosos.
Los alimentos carbónicos son el combustible de donde derivamos el calor y el poder
muscular; y provienen de los azúcares y almidones en los vegetales así como también de
la manteca, crema, leche, aceite de oliva, nueces, frutas y yema de huevos.
Estos alimentos contienen muy pocas substancias terrosas; muchos de ellos,
particularmente los vegetales y las frutas frescas están completamente libres de ellas.
Los proteicos son los materiales que empleamos para reparar los desgastes del cuerpo
producidos por su uso y trabajo. Pueden sacarse de la carne magra, de vegetales tales
como las judias, frijoles o porotos, guisantes, etc.. de las nueces, leche y clara de huevo.
La mayoría cree que una comida sin carne es incompleta, porque desde tiempos
inmemoriales se ha considerado axiomático el que la carne es uno de los alimentos más
fuertes que tenemos. Todos los demás alimentos se consideran como simples accesorios
de la carne de diversas clases que compone el menú. Nada más erróneo; la ciencia ha
probado experimentalmente como cosa invariable que el alimento que se obtiene de los
vegetales tiene un poder de sustentación mucho más fuerte, y la razón se comprenderá
fácilmente si consideramos el asunto desde el punto de vista oculto.
La Ley de Asimilación es que "las fuerzas del cuerpo no pueden apropiarse partícula
alguna, hasta que haya sido dominada por el espíritu interno" (véase la Instrucción VI),
porque este debe ser el único indiscutido señor del cuerpo, gobernando las vidas
celulares como un autócrata, pues en caso contrario cada una obraría por su cuenta
como cuando el cuerpo se desintegra al abandonarlo el Ego.
Es evidente que cuando, más dormida está la conciencia de una célula, tanto más fácil
será dominarla, y tanto más tiempo, permanecerá bajo ese dominio. En la Instrucción III
vimos que los diferentes reinos tienen diversos vehículos y por consiguiente una
conciencia también diferente. El mineral no tiene más que cuerpo denso y una conciencia
parecida a la del trance más profundo. Sería por lo tanto facilísimo dominar el alimento
sacado del reino mineral, pues permanecería en nosotros muchísimo tiempo, evitando la
necesidad de comer con frecuencia; pero desgraciadamente nos encontramos con que el
organismo humano vibra tan rápidamente, que es incapaz de asimilarse al inerte mineral
directamente. La sal y otras substancias parecidas salen del sistema enseguida, sin
asimilarse absolutamente; el aire está lleno de ese nitrógeno que necesitamos para
reparar los desgastes, pero al respirar no lo asimilamos, así como tampoco asimilamos
ningún otro mineral hasta que haya sido transmutado, primeramente en el laboratorio de
la Naturaleza y se haya convertido en cuerpos vegetales.
Como vimos en la Instrucción III, las plantas tienen un cuerpo denso y un cuerpo vital que
les permite ejecutar ese trabajo; su conciencia, dijimos también, era tan profunda como la
del sueño sin ensueños. De manera que es muy fácil para el Ego el sobreponerse a las
células vegetales y mantenerlas subyugadas durante largo tiempo, y de ahí el gran poder
sustentador que tienen los vegetales.
En el alimento animal las células ya se han individualizado más, y como el animal tiene
un cuerpo de deseos que le da una naturaleza pasional, se
comprende fácilmente que cuando comemos carne es mucho más difícil sobreponernos a
esas células que tienen conciencia animal semejante a la del
sueño con ensueños, y además esas partículas no permanecerán mucho tiempo sujetas,
y de ahí que el sistema carnívoro requiera mayores cantidades y más frecuentes comidas
que la dieta vegetal o frugívora. Si diéramos un paso más y nos pusiéramos a comer
carne de animales carnívoros estaríamos siempre hambrientos, porque en dichos
animales las células están tan sumamente individualizadas que tratarán de libertarse
inmediatamente. Que esto es así se ve bien claro en los lobos, en los buitres y en los
caníbales, cuya hambre es proverbial, y como el hígado humano es demasiado pequeño
para cuidar hasta de la dieta ordinaria de carne, es evidente que si el caníbal viviera
solamente de carne humana en vez de emplearla como un "piscolabis" ocasional,
sucumbiría muy pronto, pues hasta un exceso de hidratos de carbono, azúcares,
almidones o grasas, perjudican muy poco, si es que perjudican en algo, al sistema,
siendo expelidos por los pulmones como ácido carbónico o saliendo disueltos en el agua
por medio de los riñones y de la piel; el exceso de carne también se quema, pero deja el
ponzoñoso ácido úrico y se va reconociendo paulatinamente que cuanta menos carne
comemos tanto mejor nos encontramos físicamente.
Mirando al carnívoro desde el punto de vista ético se ve desde luego que el matar
animales está en contra de las concepciones superiores de la ética. En los tiempos
antiguos el hombre iba a cazar como cualquier animal de presa, velludo y calloso, pero
ahora la caza la hace en los despachos de carne, donde no se ven los espectáculos
nauseabundos de los mataderos. Si fuera a ese lugar sangriento donde todos los
horrores descritos en la obra de Upton Sinclair, se efectúan cada día para satisfacer esa
costumbre antinatural y bárbara, que causa más enfermedades y sufrimientos que el peor
licor; si tuvieran que tomar el cuchillo ensangrentado y hundirlo en las carnes de su
víctima, ¿se comería mucha carne? Muy poca. Pero para librarse de ese trabajo
nauseabundo, obligamos a otros seres, hombres como nosotros, a estar cuchillo en mano
día tras día, matando millares de animales cada semana; brutalizándose en tal forma que
la ley no permite que un matarife se siente en el jurado de un delito capital, porque ha
cesado de tener la menor consideración por la vida. Cuando se enreda en alguna pelea,
como sucede frecuentemente en los corrales de ganado de Chicago, y otras ciudades de
grandes mataderos, siempre emplea su cuchillo y casi inconscientemente da el golpe
especial que hace siempre fatal su cuchillada.
De nada sirve decir que él no necesita hacer eso. Cuando el hambre arrastra al hombre
no rehusará ningún medio de vida; y nosotros, la sociedad, que exigimos ese alimento,
obligamos a nuestro prójimo a suministrárnoslo y somos por lo tanto responsables de su
degradación. Somos los guardianes de nuestros hermanos individual y colectivamente
como sociedad.
Los animales que matamos también protestan contra su asesino; una nube siniestra de
odios cabalga sobre las ciudades donde hay mataderos. La ley protege a los perros y a
los gatos contra toda crueldad. Todos nos complacemos al ver a las pequeñas ardillas en
los parques de las ciudades viniendo a tomar el alimento de nuestras mismas manos,
pero tan pronto como la carne o piel de un animal representan dinero, el hombre cesa de
respetar su derecho a vivir y se convierte en el criminal más peligroso, alimentando y
engordando a su víctima para ganar, imponiéndole sufrimientos y crueldades para
adquirir oro. Tenemos una gran deuda que pagar a esas criaturas inferiores cuyos
mentores debiéramos ser y cuyos asesinos somos y la ley que busca corregir todo abuso
a su debido tiempo relegará el hábito de comer carne de animales asesinados y ello se
convertirá entonces en una práctica tan absurda y despreciable como el canibalismo de
hoy en día.
No estamos abogando para que todos se hagan vegetarianos. La larga práctica del
carnivorismo y las peculiaridades de temperamento de muchas personas no les
permitirían seguirlo sin comer un poco de carne todavía; otros, como el autor, no
encuentran la menos molestia en vivir sanos y gruesos con dos platos de vegetales por
día. Los huevos, pescados y otras formas inferiores son aún necesarios para algunos;
otros pueden vivir durante meses y hasta años con fruta solamente. La dieta, como la
salud, sólo puede determinarse individualmente- y no puede darse una regla general,
pero al mismo tiempo puede decirse con toda seguridad que cuanta menos carne
comamos tanto mejor será nuestra salud. Pero si queremos pasarnos sin ella
absolutamente es necesario que estudiemos la tabla de valores alimenticios de manera
que podamos sacar los proteicos necesarios de nuestros alimentos. Nadie puede
sentarse a la mesa y sacar la nutrición apropiada si sólo come los vegetales que se dan
en ella como accesorios de la carne; debe comer además frijoles (porotos o judías),
guisantes, nueces y alimentos semejantes que son muy ricos en proteína y que
reemplazan a maravilla a la carne. Para los trabajadores del cerebro puede decirse que
las zanahorias contienen cuatro veces más ácido fosfórico que cualquier otro alimento.
Las hojas de esta hortaliza pueden emplearse como ensalada y tienen tres veces más
ácido fosfórico que las zanahorias en sí misma.
Más peligroso que cualquier otro alimento o agente de endurecimiento y esclerosación
del sistema es el "agua". No importa cuan pura y clara parezca, porque en ella hay una
cantidad enorme de compuestos calcáreos, siendo quizás la magnesia el menos
perjudicial de ellos, y ni la filtración ni el hervido sacan absolutamente esas sales del
agua. La cantidad de mineral contenida en el agua puede determinarse fácilmente por el
depósito que deja en las vasijas donde se hierve, y es un error creer que ese depósito
proviene del agua que echarnos fuera para hacer el té o el café. Ese depósito sólido es lo
que el agua que se ha evaporado como vapor ha dejado allí. Y el líquido que aún queda
en la vasija contiene quizás más sales que antes de hervir. Lo único que nos permite vivir
y sobrepasar la adolescencia es el enorme poder eliminador de los riñones, pues si no
fuera por ellos seríamos viejos antes de llegar a la niñez, y si queremos preservar la salud
y conservarnos jóvenes en la vejez debemos dejar de beber y de cocinar con ese flúido,
empleando al interior nada más que agua destilada, que es la única que está libre de todo
compuesto terroso.
Los únicos disolventes, de naturaleza permanente bienhechora que el autor conoce, son
el suero de mantequilla y el jugo de uva, obtenido éste preferiblemente comiendo las
mismos uvas o no dejando que el jugo fermente. Un tratamiento sistemático de jugo de
uvas o suero de mantequilla abrirá los vasos capilares obstruidos y estimulará la sangre;
aún en las personas de edad avanzada cuyas carnes estén arrugadas y secas ese
tratamiento les dará el aspecto de la juventud, siempre que no sean de naturaleza muy
pesimista, porque nada hay capaz de luchar contra un temperamento semejante. Eso, el
miedo y la ignorancia en la elección de alimentos son en realidad las causas más
fecundas de enfermedad y los más obstinados males para el médico.
Hay dos grandes recursos para conservar la salud, que nos permitirán sacar muchos
beneficios de los alimentos, y todos los que quieran conservarla deberían seguirlos. Sus
nombres son: "masticación perfecta" y "alegría". Ellos dos harán más por el bienestar del
cuerpo que todas las drogas y doctores juntos, y como cualquier otro hábito pueden ser
cultivados.
El rápido "almuerzo en el mostrador" es una de las mayores faltas de nuestra nación. Un
hombre corre apurado de su escritorio a sentarse en las incómodas sillas que se
encuentran en esos sitios. En cinco minutos traga todo lo que puede, corre de nuevo a
su oficina y todavía se maravilla de que se sienta incómodo y pesado. Quizás se ve
entonces obligado a emplear alcoholes como estimulantes para "despejarse".
Todo esto puede evitarse tomándose el tiempo necesario pan comer confortablemente.
La cuestión no es lo que comemos, sino lo que asimilamos. Cuando ingerimos una gran
cantidad de alimentos casi entera nos nutrimos mucho menos que si nos tomáramos el
tiempo necesario para masticar y gozar de nuestra comida. No quiere decir esto, que la
convirtamos en un proceso laborioso, sino que debiéramos considerar la comida y darle
la bienvenida, como cuando recibimos a un amigo en nuestra casa y tratamos de hacer
todo lo posible para que se encuentre cómodo. Nuestros cuerpos son en realidad
comparables a grandes hoteles, en los que nosotros somos los hoteleros y las células de
nuestro alimento los huéspedes. Éstos van y vienen, permaneciendo en él más o menos
tiempo, dando pérdidas o ganancias al propietario, según éste les haya hecho sentir que
están como en su casa o no.
Imaginemos dos hoteles, en uno de los cuales reina la cordialidad y la servicialidad, en el
que el propietario va al encuentro de cada huésped dándole un cordial apretón de manos,
y en el que un ideal conjunto de sirvientes esté deseoso de cumplir inmediatamente los
menores deseos de los huéspedes. Por supuesto, en un hotel semejante los viandantes
se sentirán sumamente satisfechos y permanecerán mucho tiempo, lamentando tener
que dejar a un hotelero tan amable. Similarmente si ingerimos nuestro alimento
alegremente, veremos que se encontrará bien, y si lo masticamos perfectamente con
goce, estamos haciendo los arreglos, necesarios para su confort, así como el propietario
del hotel trata de tener los baños y otros servicios prontos para comodidad de los
huéspedes. Al ingerir el alimento nuestra actitud mental es casi más importante que la
masticación. El hombre que traga su comida sin gusto es semejante a un hotel cuyo
propietario recibiera a sus huéspedes en la puerta con el rostro gruñón preguntándoles:
"¿Qué quiere aquí? Usted no me gusta, pero me es necesario recibir a algunos
huéspedes para que el negocio marche, pero quiero que sepa que usted no me gusta,
¿sabe?"
¿Por qué admirarse, pues, de que los huéspedes que se vieran obligados a entrar en
semejante hotel estuvieran molestos y trataran de irse tan pronto como pudieran? ¿Por
qué maravillarse que el hombre que traga su comida con fastidio pesque una buena
indigestión, y que después se queje de ella? El desgano y el fastidio repele tanto al
alimento como a los amigos; el gustar los alimentos o agradar a los amigos los atará a
nosotros estrechamente; y lo que podamos hacer en el mundo, espiritual y materialmente,
depende del estado de nuestro cuerpo, y es de la mayor importancia que cultivemos la
salud y prolonguemos nuestra juventud hasta donde sea posible, siguiendo las reglas
generales que aquí se dan, y entonces se observará que hay una mejoría general en la
condición física que dará más campo y más libertad a las facultades mentales.

***

del libro "Cristianismo Rosacruz", de Max Heindel

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