jueves, 25 de febrero de 2010

¿DONDE ESTÁN LOS MUERTOS?

INSTRUCCIÓN II



¿DONDE ESTÁN LOS MUERTOS?

Un poco de meditación hará evidente a cualquier investigador que vivimos en un mundo
de efectos que es el resultado de causas invisibles. Vemos la Materia y la forma, pero la
Fuerza que moldea a la materia en formas y la vivifica es invisible para nosotros. No
podemos conocer la vida directamente por medio de los sentidos; es invisible y existe por
sí mismo independiente de las diversas formas que vemos como manifestación de ella.
Electricidad, magnetismo, vapor, son otros tantos nombres que damos a fuerzas que no
podrán ver nunca los ojos físicos, si bien sujetándolas a ciertas leyes descubiertas por la
experimentación podemos convertirlas en nuestros servidores más valiosos. Vemos su
manifestación en el movimiento de los automóviles, en los ferrocarriles y vapores; ellas
iluminan nuestro camino por la noche o llevan nuestros mensajes en torno del globo con
una velocidad tal, que el espacio queda casi como aniquilado, poniendo las antípodas al
alcance de nuestra mano en pocos segundos de tiempo.
Ellas están enteramente bajo nuestro dominio, infatigable y fieles en la realización de
innumerables tareas, si bien, como ya dijimos, nunca hemos visto a esas fidelísimas e
inestimables servidoras. Esas fuerzas naturales no son ni ciegas ni ininteligentes como
equivocadamente creemos; hay muchas clases de ellas y obran en diferentes sentidos en
la vida. Puede ser que una ilustración haga más claro su estado con relación a nosotros.
Supongamos un carpintero construyendo una empalizada y un perro ante él
observándolo. El perro ve al carpintero y a su obra a la vez, si bien no comprende del
todo que es lo que está haciendo. Si el carpintero fuera invisible para el perro éste vería
que la empalizada se iba formando lentamente, vería como se hundían los clavos,
percibiría la manifestación pero no la causa y estaría entonces en la misma relación
respecto al carpintero que nosotros respecto a los fuerzas naturales que se manifiestan
en torno nuestro como gravedad, electricidad o magnetismo.
Durante las últimas centurias, pero especialmente en los últimos sesenta años, la ciencia
ha hecho enormes progresos en la investigación del mundo en el que vivimos y el
resultado ha sido la revelación en todo sentido de un mundo anteriormente invisible. Con
telescopios de creciente poder los astrónomos han ido penetrando el espacio,
descubriendo más y más mundos; con admirable ingeniosidad han unido la cámara
obscura al telescopio y han fotografiado así soles que están a enormes distancias de
nosotros, tanto, que sus rayos no impresionan nuestra retina y únicamente pueden
encontrarse mediante largas horas de exposición con placas sumamente sensibles.
En el dominio de lo diminutamente pequeño, la creciente perfección del microscopio ha
obtenido resultados semejantes; un mundo invisible anteriormente ha sido descubierto,
conteniendo una vida activísima cuya diversidad es apenas menos compleja que el
mundo que percibimos a través de nuestros imperfectos sentidos. El mirar a través del
ocular de un microscopio produce una gran fatiga en los ojos, pero aquí también los
lentes de la cámara obscura ayudan al hombre. Con los accesorios mecánicos
apropiados y con una iluminación conveniente se pueden obtener placas permanentes de
los fenómenos microscópicos a una velocidad aproximada de setenta negativos por
segundo. Éstos pueden ser luego amplificados y proyectados sobre una pantalla como
cuadros vivientes, movibles, que centenares de personas pueden ver a la vez sentadas
confortablemente.
Puede observarse como la savia circula lentamente por las venas de una hoja o examinar
el camino que recorre la sangre a través de las semitransparentes venas de la pierna de
una rama. Los gusanos del queso parecen tan grandes como cangrejos caminando de un
lado para otro en busca de presa. Una gota de agua contiene muchos globitos de color
obscuro que crecen y revientan arrojando numerosísimas bolitas minúsculas que a su vez
se expanden y salen fuera de su matriz. El doctor Bastián, de Londres, ha pedido ver
hasta una pequeña manchita situada en el dorso de un cíclope (de los que hay muchos
en una gota de agua) que se desarrollaba convirtiéndose en un parásito que luego se
alimentaba del cíclope. Por medio de los rayos X la ciencia ha podido invadir los pliegues
más recónditos del cuerpo denso de un ser humano vivo, fotografiando el esqueleto y
cualquier substancia extraña que se hubiera alojado allí por cualquier accidente. De esta
manera se ha descubierto un mundo nuevo, anteriormente invisible a la mirada de los
persistentes investigadores. ¿Quién podría decir que se ha llegado al fin; que no hay
otros mundos en el espacio más allá de los fotografiados actualmente por los
astrónomos; que no hay vida que habite formas más diminutas que las ya descubiertas
por los mejores microscopios de hoy? Mañana puede descubrirse o inventarse algún
instrumento que llegue más allá que todos los actuales y que muestre mucho de lo que
hoy es invisible. La infinidad del espacio, de lo grande y de lo pequeño parece estar más
allá de toda cuestión y es independiente de nuestro conocimiento.
Considerando las maravillosas realizaciones de la. ciencia física, hay una característica
que debe notarse particularmente: que cada nuevo descubrimiento se ha efectuado
mediante algún invento nuevo o perfeccionamiento de otros ya existentes para ayudar a
los sentidos; y por esa razón las investigaciones de la ciencia han quedado limitadas al
mundo de los sentidos: el mundo físico denso. Los hombres de ciencia operan con los
elementos químicos, sólidos, líquidos y gases; pero más allá de esos no, porque no
tienen instrumentos capaces para ello, si bien se ven obligados a admitir la existencia de
una substancia más sutil que llaman "éter" pues sin ese médium sutil no pueden explicar
la luz, la electricidad, etc. Vemos, pues, que la ciencia física reconoce inductivamente la
existencia de un mundo invisible como una necesidad en la economía de la Naturaleza.
La ciencia física y la oculta concuerdan por lo tanto en ese punto y ambas buscan la
solución de los problemas en el mundo invisible. Sólo difieren en cuanto al método de
investigación y a la fe que debe prestarse a los resultados así obtenidos. La ciencia
material busca explicación a los problemas no solucionados sólo sobre una base
puramente física, tal como el paso de las ondas luminosas a través de un vacío o la
analogía de las flores de la estación actual con las de los veranos pasados. En tales
casos admite un algo invisible e intangible como el éter o la herencia y se enorgullece de
su perspicacia y de la ingeniosidad de sus explicaciones.
La ciencia oculta afirma que la raíz de todo fenómeno visible es una causa invisible, la
que cuando se conozca proporcionará una comprensión más perfecta de los hechos de la
vida que el concepto mecánico, y esa idea más comprensiva se obtiene por el estudio de
ambos, el fenómeno y el noúmeno las causas que subyacen en el mundo invisible.
Aquélla (la ciencia oculta) investiga por lo tanto los mundos invisibles y ofrece una
solución más perfecta y razonable a los problemas de la vida que los simples hechos de
la ciencia derivados solamente de la observación de los fenómenos físicos. La ciencia
material admite el éter y la herencia como soluciones a los problemas citados, si bien no
puede dar una prueba real de la verdad de sus hipótesis excepto su aparente
razonabilidad. Sin embargo, cuando la ciencia oculta que emplea métodos similares
declara la existencia del Espíritu, su inmortalidad, su preexistencia al nacimiento y su
persistencia después de la muerte, su independencia del cuerpo, etc., la ciencia física
sonríe burlonamente y habla atolondradamente de superstición y de ignorancia. Pide
pruebas, aunque la evidencia ofrecida es por lo menos tan buena como la que dan los
hombres de ciencia sobre el éter, la herencia y otras numerosas ideas emitidas por ellos,
implícitamente creída por la multitud, que admirada toca el polvo con la cabeza ante
cualquier cosa dictada por la mágica palabra: Ciencia. Nadie puede demostrar una
verdad contenida en cualquier proposición geométrica a una persona que no esté
versada en los principios matemáticos. Por análogas razones no pueden probarse los
hechos de los mundos internos a los científicos materialistas. Si la persona que ignora las
matemáticas las estudia entonces será facilísimo satisfacerla en cuanto a la solución de
sus problemas. Cuando la ciencia física se haya preparado para la comprensión de los
hechos suprafísicos, obtendrá la prueba y se verá obligada a sostener las teorías que
ahora combate como superstición.
La ciencia oculta comienzo su investigación en el punto en el que la ciencia material la
abandona en el portal de los dominios suprafísicos mal llamados sobrenaturales. No hay
nada sobre natural o innatural, nada que pueda estar fuera de la Naturaleza, si bien
puede ser muy bien suprafísico, porque el mundo físico es la parte más pequeña de la
Tierra. Sin embargo, diferentemente de la ciencia materialista, el ocultista no efectua sus
investigaciones por medio de instrumentos mecánicos, sino perfeccionándose a sí
mismo, cultivando las facultades perceptivas latentes en todos los hombres capaces de
ser despertadas mediante el ejercitamiento conveniente. Las palabras de Cristo "buscad y
encontrarais" se refieren particularmente a las cualidades espirituales y se dirigen a
"todos los que quieran"; todo depende de uno mismo; no hay nadie que ponga obstáculos
pero en cambio hay muchos dispuestos a ayudar a todo aspirante aplicado que anhele el
conocimiento. Discutir los medios y caminos para obtenerlo está, sin embargo, fuera del
tema que tratamos y lo dilucidaremos en las Instrucciones III y XI.
"Pero" dirán algunos "¿por qué molestarse por los mundos invisibles? Si estamos
colocados en este mundo material ¿qué tenemos que hacer en esos mundos invisibles
ahora? Y aún cuando sea cierto que vamos a ellos después de la muerte, ¿por qué río
ocuparnos de cada mundo a la vez, a su debido tiempo? Bastantes molestias y fatigas
nos proporciona éste hoy, ¿para qué aumentarlas más?" Seguramente, esa concepción
de las cosas es muy estrecha. En primer término, el conocimiento de lo que ocurre
después de la muerte nos quitaría el miedo de ella que atormenta a tanta gente aún
cuando gocen de buena salud. Aún en la vida más libre de cuidados hay momentos en
los que alguna vez llega el pensamiento de aquélla en la obscuridad, lo que cierra los
sentidos a la alegría de la vida, y cualquier explicación que ofrezca un conocimiento
definido, de confianza, sobre el asunto, debe ser seguramente bien recibido. Además,
cuando miramos en torno nuestro en el mundo, vemos que hay una ley evidente hasta
para los más tardos: la ley de causalidad. Nuestro trabajo y condiciones diarias dependen
de lo que hicimos o dejamos de hacer el día anterior; nos es absolutamente imposible
librarnos de nuestro pasado, el poder "comenzar nuevamente en libertad". No podemos
realizar acto alguno que no esté en relación con nuestros actos anteriores, limitados y
rodeados como estamos por nuestras acciones primitivas; y es muy razonable suponer
que cualesquiera que puedan ser los modos de expresión de la vida en el mundo
invisible, estarán determinados en alguna forma por nuestra manera actual de vivir. Y
sería igualmente lógico declarar que si se pudiera obtener alguna información de
confianza sobre ese mundo invisible se obraría sabiamente preparándose para ello, por
las mismas razones que cuando deseamos viajar por países extranjeros tratamos antes
de familiarizarnos con su geografía, leyes, costumbres, lenguaje y otras cosas
necesarias. Hacemos ésto porque sabemos que cuanto más equipados estemos con ese
conocimiento tanto más provecho sacaremos de nuestro viaje y menores serán las
molestias que nos ocasionarán esos cambios. Y lo mismo debe ser lógicamente cierto
respecto a los estados post-mortem.
Nuevamente el objetador dirá: "Pero si precisamente está ahí la cuestión! Sean cuales
fueren las condiciones después de la muerte nadie las conoce con certeza. Los que
dicen conocerlas difieren todos en sus relatos, muchos de los cuales son irrazonables o
imposibles".
En primer lugar, nadie tiene moralmente el derecho de asegurar que nadie sabe, salvo
que él mismo sea omnisciente y conozca la extensión de los conocimentos de todos los
que viven, y es el colmo de la arrogancia el tratar de juzgar las capacidades mentales de
los demás por las propias estrechas ideas que tienen los que generalmente hacen esas
afirmaciones. El sabio tiene siempre pronto el oído para escuchar toda nueva evidencia y
estará deseoso de investigarla. Y aún cuando no hubiera más que un sólo hombre que
afirmara conocer los mundos invisibles eso no probaría en manera alguna que estuviera
equivocado. ¿No se mantuvo solo Galileo cuando afirmaba su teoría sobre el movimiento
de los cuerpos celestes, a la cual se convirtió después todo el mundo occidental?
En cuanto a las diferencias en los relatos de los que afirman conocer los mundos
invisibles, es muy natural que así sea y es un hecho inestimable, como lo probará una
ilustración tomada de la vida diaria. Supongamos que la ciudad de San Francisco
(California) ha sido completamente reconstruida en gran escala, con todos los
perfeccionamientos modernos y se hubiera decidido celebrar el acontecimiento con un
gran festival. Millares de personas acudirían a la Golden Gate (Puerta de Oro) para
regocijarse en el nuevo Fénix, surgido de las cenizas de esa hermosa ciudad tan
súbitamente arrasada por el fuego. Entre otros vendrían probablemente un buen número
de periodistas, reporteros de diversas partes del país, con objeto de enviar crónicas a sus
respectivos diarios. Puede deducirse fácilmente que ni dos crónicas de las enviadas
serían iguales. Algunas tratarán determinados puntos en general. Otras serán
completamente distintas de las demás bajo cualquier aspecto en que se las considera,
por la sencilla razón de que cada reportero vería la ciudad desde un punto de vista
particular anotando solamente lo que le llamara la atención. Así, pues, en vez de ser la
diversidad de las crónicas un argumento contra su verosimilitud y certeza, se verá
facilmente que todas no son más que aspectos diversos de un todo único y puede
agregarse que un hombre que haya leído todas las crónicas habrá adquirido una idea
mucho más amplia sobre San Francisco que si sólo hubiera leído una, subscripta por uno
de los tantos periodistas.
El mismo principio debe aplicarse a los diferentes relatos descriptivos de los mundos
invisibles; no son necesariamente falsos porque sean distintos, sino que en conjunto
forman una narración más completa y acabada. En cuanto a los relatos "imposibles",
supongamos que uno de esos reporteros idos a San Francisco, en vez de haber
observado los festejos hubiera empleado su tiempo en divertirse, enviando luego una
crónica imaginaria: seguramente, eso no invalidaría las crónicas hechas honradamente.
O supongamos que uno de ellos llevaba un par de anteojos amarillos sin saberlo y que
enviara una crónica diciendo que casas y calles eran de oro; eso demostraría únicamente
su ignorancia respecto a que ese color era de sus anteojos y no de la ciudad, y su crónica
en nada perjudicaría a la verdad reflejada en las de los demás. Y por último recordemos
que aún cuando actualmente hay algunas cosas que están más allá de nuestro poder de
raciocinio presente, eso no prueba absolutamente que sea irrazonable. El que un niño no
comprenda la raíz cuadrada no es prueba alguna contra las matemáticas. En una
palabra, los materialistas no pueden oponer argumento alguno para probar que no hay
ningún mundo invisible, así como un hombre nacido ciego no puede discutir la existencia
de la luz y del color en el mundo que le rodea. Si obtiene su vista los verá. Ningún
argumento de los ciegos respecto de ese mundo puede convencer al vidente de la no
existencia de lo que ve, y si el sentido apropiado se despierta en esas personas
percibirán ellas también, el mundo para el que antes eran insensibles, aunque estaba en
torno de ellas, así como la luz y el color compenetran todo el mundo de los sentidos
percíbanse o no. Pasando de este testimonio negativo de la existencia de los dominios
suprafísicos a una evidencia más efectiva, otro ejemplo tomado de la vida diaria
demostrará que en toda la Naturaleza la materia está transformándose constantemente
de estados densos en estados sutiles. Si tomamos un trozo de hielo tenemos un "sólido";
calentándolo aumentamos la vibración de los átomos que lo componen y se convierte en
un "líquido": agua. Si lo calentamos aún más, elevaremos las vibraciones de los átomos
del agua, a un grado tal que se llegarán a hacer invisibles para los ojos; entonces
tenemos un "gas" que llamamos vapor. La misma materia que era visible como hielo y
como agua ha pasado más allá de nuestra visión, pero no más allá de nuestra existencia;
enfriándola la condensaríamos convirtiéndola en agua, y enfriándola aún más la
cristalizaríamos en hielo.
Aunque la materia pueda traspasar el radio de nuestra percepción sigue siempre
existiendo. Así sucede con el conocimiento interior. La conciencia subsiste también, aún
cuando no pueda dar seriales de existencia. Esto ha sido probado en varios casos en los
que una persona ha muerto aparentemente, no pudiéndose percibir el más leve
movimiento respiratorio, y en el último momento, antes del entierro, el supuesto muerto
ha vuelto a la vida, repitiendo todas las palabras y describiendo todos los actos de
aquellos que lo rodeaban cuando estaba en trance. Por lo tanto, si la materia es
indestructible y se sabe que existen estados invisibles e intangibles de la misma y si el
conocimiento interior está tan alerta o es quizás más perspicaz cuando el cuerpo denso
está en trance que en la vida despierta, ¿no es razonable suponer que este conocimiento
interior puede modelar la materia invisible para nosotros y funcionar en ella cuando se
desencarna (así como moldea durante la vida terrestre la materia de este mundo)
produciendo o trayendo así a la existencia otro mundo de formas y de conocimiento
interior tan real para el espíritu desencarnado como este mundo lo es para los ojos
físicos?
Aún durante la vida en el cuerpo denso conocemos y tratamos con el mundo invisible en
cada momento de nuestra existencia, y la vida que en él vivimos es la parte más
importante de nuestro ser: La base de la vida en el cuerpo denso. Todos tenemos una
vida interna, que vivimos en medio de nuestros pensamientos y sentimientos,
contemplando escenas y condiciones desconocidas para nuestro alrededor externo. Allí
la mente da forma a nuestras ideas, convirtiéndolas en imágenes mentales que después
exteriorizamos. Todo cuanto vernos en torno nuestro y todo cuanto está en contacto con
nuestros sentidos no es sino la sombra evanescente de un mundo invisible e intangible.
El mundo visible es la cristalización de los dominios invisibles, así como la conchita dura y
graciosa del caracol no es más que la cristalización de los jugos de su blando cuerpo.
Además, así como la casita del caracol es inerte y permanecería inmóvil si el caracol no
la moviera, así también los cuerpos vegetales, animales y humanos no son sino
emanaciones inertes del espíritu que subyace en el mundo invisible y salvo que esa vida
subyacente galvanice la forma y la ponga en acción, ésta es incapaz de movimiento.
Esos cuerpos se conservan únicamente mientras sirven para los propósitos del Espíritu;
cuando éste los abandona ya no hay nada que pueda mantener la forma unida y por eso
se disgrega, se desintegra.
Aún más, todo lo que vemos en tomo nuestro como las casas, automóviles, vapores,
teléfonos, y en una palabra, todos los objetos que la mano del hombre ha construido, no
son más que IMAGINACIONES cristalizadas, que tienen su origen en el mundo invisible.
Si Graham Bell, no hubiera imaginado el teléfono, nunca hubiera éste existido. Fue la
"vida interna" de Fulton la que dio a luz el primer buque de vapor, mucho antes de que se
hiciera el visible "Clermont".
En cuanto a la realidad y permanencia de los objetos del mundo invisible, la son mucho
más que lo que equivocadamente creemos, son el pináculo de la "realidad".
Consideremos nuestras imágenes mentales o imaginaciones como menos reales que un
miraje y hablamos de ellas muy a la ligera, como de "simples pensamientos" o "nada más
que una idea", cuando en verdad son realidades subyacentes de todo lo que vemos en
torno nuestro, en el mundo en que vivimos. Una ilustración aclarará el punto:
Cuando un arquitecto desea construir una casa no empieza por pedir que se manden
materiales al sitio requerido y por contratar obreros ordenándoles que empiecen a
construir. Antes formula una idea; medita sobre ella; primero construye la casa "en su
mente" con tantos detalles como sea posible. y de este modelo mental podría construirse
la casa si pudiera ser visto por los obreros, pero dicho modelo está aún en el mundo
invisible y a pesar de que el arquitecto lo ve claramente, el "velo de la carne" impide que
los otros lo vean. De manera, pues, que es necesario llevarlo al mundo de los sentidos y
hacer planos visibles de la casa a fin de que los obreros puedan trabajar de acuerdo con
ellos. Esta es la primera consolidación de la imagen mental del arquitecto y cuando la
casa está construida vemos en piedra y madera lo que fue primero una idea en la mente
del arquitecto, invisible para nosotros.
En cuanto a la relativa estabilidad de la idea y del edificio es bien claro que la casa puede
ser destruida por la dinamita o por cualquier otro poderoso medio de destrucción, pero la
"idea" de la mente del arquitecto ni siquiera él mismo puede destruirla y mediante esa
ideación puede construirse otra casa idéntica en cualquier momento mientras viva el
arquitecto. Y aún después de su muerte esa idea puede encontrarse en la memoria de la
Naturaleza (de la que se hablará algo más en la próxima Instrucción) por cualquiera que
esté calificado para ello; sin importar nada el tiempo en que esa idea se imprimió allí,
pues nunca se perderá ni destruirá.
Si bien podemos así "inferir" inductivamente la existencia de un mundo invisible no es
ese el único medio de probarlo. Hay gran abundancia de testimonios directos que
demuestran que existe tal mundo, testimonios de hombres y mujeres de incuestionable
integridad, cuya veracidad y corrección no han sido nunca motivo de discusión sobre
otros asuntos, que afirman que el mundo invisible está habitado por los que llamamos
muertos, quienes están viviendo allí en plena posesión de todas sus facultades
emocionales y mentales, viviendo bajo condiciones que hacen su vida tan real y
provechosa como la nuestra o quizás más. Es posible demostrar también que por lo
menos algunos de ellos se toman mucho interés por los asuntos del mundo físico.
Bastará con apelar a sólo dos ejemplos de fama mundial. En primer término está el
testimonio de Juana de Arco, la "Doncella de Orleans" que oía "voces que la hablaban y
que la dirigían". Consideremos la historia de su vida y veamos si ella no lleva el sello de la
verdad. Aquí nos encontramos con una muchacha sencilla, pura y sin sofismas, poco más
que una niña, que nunca había estado fuera de su ciudad nativa antes de llevar a cabo su
“misión". Era extremadamente tímida, temerosa de desobedecer a su padre, si bien las
imperiosas "voces" le hicieron desafiar su disgusto v fue en busca del rey de Francia.
Después de muchas dificultades, pero constantemente guiada por las voces, a ella le fue
concedida una audiencia por el rey. Cuando ella entró, el rey estaba en medio de sus
cortesanos, los que habían puesto un muñeco en el trono, y todos esperaban verla
desconcertada porque jamás habla visto al rey, pero guiada por las fidelísimas voces
Juana marchó sin vacilar hacia él y lo saludó. Lo convenció de la verdad de su misión
susurrando en su oído un secreto abrumador que él sólo conocía.
Ante esa prueba se quitó el comando del ejército francés de manos de experimentados
generales, que habían sido derrotados por los ingleses en todas partes y se lo puso en
manos de esa niña que nada sabía de estrategia, si bien guiada por sus invisibles guías
llevó las tropas francesas a la victoria. Su conocimiento de la táctica militar fue la
constante admiración de sus compañeros y en sí mismo era una prueba de la dirección
invisibles que ella invocaba. Vemos después su apresamiento, sujeta durante años
enteros a traiciones y sufrimientos por sus crueles perseguidores, quienes la querían
inducir a que dijera que no había habido tales voces, pero los archivos de su proceso y de
las diferentes pruebas a que fue sometida demuestran por sus respuestas una sencillez
mental, una inocencia inmaculada y una rectitud sin igual en los anales de la historia, lo
que confundía a sus jueces más y más. Ni aún la muerte en la hoguera la pudo hacer
abjurar la verdad que conocía, y hasta en los tiempos actuales su testimonio respecto a
las voces guiadoras del mundo invisible se mantiene firme, sellado con su sangre. Esta
mártir de la verdad ha sido últimamente canonizada por la misma iglesia que antes la
condenó.
Ah, dirá alguno, si bien no hay duda alguna de que era una honrada muchacha y sencilla
campesina, estaba sufriendo alucinaciones "... ¡Extrañas alucinaciones las que le
permitieron señalar al rey sin vacilar, a quien no había visto nunca, y decirle un secreto
que sólo él conocía, y describir batallas que se estaban efectuando a muchas millas de
distancia, lo que después era corroborado por los que habían tomado parte en ellas!
Pero pasemos al segundo ejemplo, que no se refiere seguramente a una "mente
sencilla". En ese respecto Sócrates era una absoluta antítesis de Juana de Arco, porque
era la inteligencia más sutil, la mente más grande que hayamos conocido, no igualada en
los presentes días. También él selló su testimonio sobre la voz guiadora del mundo
invisible con su vida y podemos tomar como un hecho evidente el que esa voz debe
haber sido extraordinariamente inteligente, pues si no, no hubiera podido aconsejar a un
sabio tan grande como Sócrates.
Decir que era un loco o que sufría alucinaciones sería muy fuerte, porque un hombre que,
como Sócrates, trataba todos los asuntos con tanta exactitud, está más allá de toda
sospecha por ese lado y lo más razonable sería confesar que "hay más cosas en los
cielos y en la tierra" que las que conocemos individual o colectivamente y entonces
debemos comenzar a investigarlas.
Esto es precisamente lo que la mayor parte de las personas avanzadas están haciendo
en nuestros días, realizando que es tan absurdo ser demasiado escéptico para investigar
como ser excesivamente crédulo y tomar por artículo de fe todo cuanto oigamos.
Unicamente informándonos nosotros mismos apropiadamente nos será posible arribar a
una conclusión digna de nuestra condición humana, sin importar nada el que nos
decidamos por un camino o por el otro.
Reconociendo este principio y la gran importancia del asunto la Society for Psychical
Research (Sociedad de Investigaciones Psíquicas) se formó hace más de un cuarto de
siglo y reunió en su seno a algunas de las más brillantes inteligencias de nuestros
tiempos. No han escatimado trabajos para separar la verdad del error en los millares de
casos puestos a su estudio, y como resultado vemos que uno de los hombres de ciencia
más prominentes de nuestros días, Sir Oliver Lodge, como presidente de la sociedad
afirmó ante el mundo, hace algunos años, "la existencia de un mundo invisible habitado
por los llamados muertos y su poder de comunicarse con este mundo ha quedado
establecido más allá de toda vacilación, con tal abundancia de casos que no hay sitio
alguno para la menor duda".
Viniendo esa afirmación de donde viene, de uno de los más grandes hombres de ciencia
modernos, que ha llevado a sus estudios psíquicos una mente aguzada por la ciencia,
que estaba bien protegido contra cualquier engaño, tal testimonio debe merecer el mayor
respecto a todos los que buscan la verdad. Habiendo, pues, examinado evidencias
inductivas, deductivas y directas, podemos agregar la existencia de otro mundo,
intangible para los cinco sentidos, pero fácil de investigar por medio del "sexto sentido",
hecho natural, reconozcámoslo o no, así como la luz y el color existen por doquiera, en
torno del ciego y del que ve. Es la ceguera del hombre la que le impide verlos. Es nuestra
"ceguera" la que nos impide ver los dominios suprafísicos; pero para todos los que se
tomen el trabajo de despertar sus facultades latentes la apertura del sentido
correspondiente no es más que cuestión de tiempo. Cuando ese tiempo llegue veremos
que los llamados “muertos" están todos en torno nuestro y que en realidad "no hay
muerte", como John McCreery dice en su hermosísimo poema:
There is no death. The stars go down (*)
To rise upon another shore,
And bright in heaven's jeweled crown
They shine for evermore.
There is no death. The forest leaves
Convert to life the viewless air;
The rocks disorganize to feed
The hungry moss they bear.
There is no death. The dust we tread
Shall change beneath the summer showers
To golden grain or mellow fruit,
Or rainbow-tinted flowers.
There is no death. The leaves may fall,
The flowers may fade and pass away-
They only wait through wintry hours,
The warm, sweet breath of May.
There is no death, although we grieve
When beautiful familiar forms
That we haye leamed to love are torn
From our embracing arms.
Although with bowed and breaking heart
With sable garb and silent tread
We hear their senseless dust to rest
And say that they are dead-
They are not dead. They have but passed
Beyond the mists that blind us here
Into the new and larger life
Of that serener sphere.
They haye but dropped their robe of clay
To put a shining raiment on;
They have not wandered far away
They are not "lost" or “gone”
Trough unseen to the mortal eye,
They still are here and lovye us yet;
The dear ones they haye left behind
They never do forget.
Sometimes upon our fevered brew
We feel their touch, a breath of balm;
Our spirit sees them, and our hearts
Grow comforted and calm.
Yes, ever near us, though unseen,
Our dear, immortal spirits tread –
For all God's boundless Universe
Is Life-there are no dead.
(*) La muerte no existe. Los astros se ponen
Para surgir sobre otros cielos
Y en la corona joyante del firmamento
Brillan eternamente.
La muerte no existe. Las hojas del bosque
Se convierten en la vida del aire invisible
Las rocas se desintegran para alimentar
A los musgos hambrientos que sobre ellas crecen
La muerte no existe. El polvo que pisamos,
Al llegar el verano se transformará
En dorados granos o dulces frutos
O en flores policromas.
La muerte no existe. Las hojas caerán
Las flores se marchitarán y dejarán de ser
Pero solo esperan en las horas invernales
El dulce y caliente hálito de mayo.
No existe la muerte, aunque lloremos
Cuando hermosas formas familiares
Que hemos aprendido a amar son arrancadas
De nuestros brazos.
Aunque con el corazón destrozado
Con negro luto y silente paso
llevemos su barro insensible a descansar
Y digamos que se han muerto.
No hay muertos; no han hecho más que pasar
Más allá de las brumas
Que aquí nos ciegan. Hanse ido a la vida nueva
Y más amplia de aquella esfera más serena.
Sólo se han sacado sus harapos
Para ponerse una veste radiante
No se han ido lejos,
No se han ido ni separado,
Aunque invisibles para el ojo mortal
Están todavía aquí y nos aman aun
Y no olvidan nunca a los seres queridos
Que dejaron atrás.
Algunas veces nuestra frente febril
Siente su caricia, un aliento balsámico;
Nuestro espíritu los ve y nuestros
Corazones se reconfortan y serenan.
Si, siempre cerca de nosotros, aunque invisibles
Están nuestros queridos e inmortales espíritu
Porque en todo el infinito universo de Dios
Todo es vida, la muerte no existe.

***

del libro "Cristianismo Rosacruz", de Max Heindel

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